San Bartolomé de Tirajana en el sur de Gran Canaria enfrenta un desafío demográfico, más allá de las fluctuaciones bursátiles o pandemias. Con un índice de envejecimiento de 161,43, la localidad presenta una estructura poblacional donde la mayoría son jubilados. Esta situación genera una dependencia crítica, con cada niño correspondido por más de un jubilado y medio, complicando el equilibrio ante cambios en los flujos europeos de capital o salud.
El municipio tiene una baja tasa de renovación de población activa, del 62,74, mientras presume de un motor económico impulsado por la industria turística. Sin embargo, esta opulencia contrasta con la incapacidad de la comunidad para generar un relevo generacional adecuado dentro de su estructura productiva.
© Evgeny Dontsov | Dreamstime
La situación se agrava considerando que el 28,53% de la población es extranjera, compuesto en su mayoría por ciudadanos de la UE, quienes han establecido su retiro en la isla. Con tan sólo el 15,13% de la población en edad joven, las políticas gubernamentales buscan limitar la compra de propiedades por extranjeros para proteger a las generaciones más recientes.
En el ámbito agrícola, el municipio mantiene una base tradicional con 57,88% de su paisaje dominado por invernaderos y 13.400 cabezas de ganado ovino-caprino, representando el 94,85% del total ganadero. Este contraste entre un turismo avanzado y una agricultura centrada en metodologías pasadas es calificado como el "cisne negro".
La fragilidad del modelo se revela aún más al notar el desequilibrio resultante de estos elementos: una población en envejecimiento que sostiene un paisaje agrícola y ganadero tradicional, mientras enfrenta presiones para adaptarse a un futuro sostenible en un contexto de cambio constante.
Fuente: maspalomas24h.com