La respuesta la da un estudio multidisciplinar publicado en Geoheritage que ahonda en la historia de la minería de cristal de yeso en Segóbriga (Cuenca). Y es que en tiempos del imperio romano, las extracciones superaron los 30 kilómetros de galerías subterráneas, comparables a grandes minas metalíferas de Hispania. El material extraído, lapis specularis, se utilizó en ventanas de villas de Pompeya, baños imperiales y en los primeros invernaderos de la historia, donde Tiberio cultivaba pepinos fuera de temporada.
El lapis specularis es una variedad de yeso selenítico que podía dividirse en láminas finas y translúcidas. Su origen geológico se remonta al Mioceno, cuando en la cuenca del río Loranca existían lagunas saladas que precipitaron sulfato cálcico. Posteriormente, fracturas tectónicas permitieron la infiltración de agua, generando cavidades donde el yeso recristalizó en cristales transparentes en condiciones estables de temperatura entre 15 y 20 °C.
El texto indica que "La pureza mineralógica supera el 95% de yeso en masa, con impurezas mínimas de arcillas u óxidos de hierro". Algunos cristales alcanzaron más de 150 centímetros de longitud y hasta 10 centímetros de grosor. Los romanos aprendieron a seguir estas venas subterráneas para su extracción.
Las minas formaban redes planificadas con pozos verticales de sección cuadrada y galerías de extracción. Complejos como La Condenada y Los Espejares suman más de 20 kilómetros de galerías. El método de excavación era manual mediante punteros de hierro aplicados con ángulos de 10 a 15 grados. Las paredes conservan densidades de unas 40 marcas por metro cuadrado.
Para iluminación se tallaron nichos para lámparas de aceite, separados entre 0,6 y 1,4 metros. El sistema hidráulico de Los Espejares conectaba galerías profundas con el río Cigüela para evacuar agua. El estudio señala: "Los romanos debieron llevar a cabo una exploración del terreno verdaderamente sistemática, utilizando un método de prueba y error".
El material se transportaba unos 200 kilómetros hasta Carthago Nova y desde allí a Ostia. Análisis arqueométricos han confirmado su presencia en Pompeya y Herculano. El emperador Tiberio utilizó este material en los primeros invernaderos de la historia, denominados specularia.
El declive comenzó en el siglo II d.C. debido a mejoras en la producción de vidrio plano a menor coste. El Edicto de Precios Máximos de Diocleciano aún menciona el lapis specularis en el año 301 d.C., aunque su papel económico había disminuido.
El estudio concluye: "Las minas representan un testimonio único de la ingeniería y la explotación de recursos romanas, conservando paisajes y redes subterráneas que combinan características geológicas, arqueológicas y culturales de excepcional relevancia".
Fuente: Alonso-Jiménez, A., Regueiro González-Barro, M., Urbina Martínez, D. et al. The Fall of the Gypsum Empire. Geoheritage 18, 23 (2026). doi.org/10.1007/s12371-026-01268-9