Durante décadas, gran parte de la innovación agrícola se ha centrado en genética, nutrición vegetal o sistemas de riego. Sin embargo, un elemento fundamental del sistema productivo ha quedado a menudo en segundo plano: el suelo. Frente a esta tendencia, nuevas tecnologías agronómicas buscan devolver protagonismo a este recurso esencial, mejorando su estructura y su capacidad de sostener sistemas productivos intensivos.
La empresa Ground Improver trabaja precisamente en esta línea, con una tecnología orientada a recuperar la funcionalidad física del suelo y favorecer el desarrollo radicular de los cultivos. "En muchos sistemas agrícolas intensivos el suelo se ha considerado principalmente un mero soporte físico", explican desde la compañía. "Esto ha funcionado durante mucho tiempo, pero ahora empezamos a ver las consecuencias: compactación, pérdida de estructura, menor capacidad de infiltración y una reducción progresiva de la actividad biológica".
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Según la empresa, la mejora estructural del suelo permite favorecer la formación de agregados estables y recuperar una estructura más granular. "Este cambio tiene implicaciones directas en el funcionamiento del sistema radicular: mejora la circulación de agua y aire en el perfil del suelo, reduce la compactación y permite que las raíces exploren un mayor volumen de suelo. Desde el punto de vista agronómico, esto significa que el cultivo puede aprovechar de forma más eficiente los recursos disponibles".
Ensayos en invernadero: mayor uniformidad del cultivo
Los resultados observados en distintos ensayos agronómicos apuntan a una mejora significativa en la uniformidad del desarrollo vegetal cuando se optimiza la estructura del suelo.
"En un ensayo piloto realizado en 2025 en tomate bajo invernadero se compararon parcelas tratadas con Ground Improver frente a otras sin tratamiento. Durante las primeras fases del cultivo se detectaron diferencias claras en el comportamiento de las plantas. En la evaluación del primer racimo en floración, el 96% de las plantas tratadas presentaban floración, frente al 77% en la zona testigo. Posteriormente, en la fase de cuajado del primer racimo, el 91% de las plantas tratadas habían desarrollado el racimo, frente al 78% en el área sin tratamiento".
"Estos resultados indican un desarrollo vegetativo más homogéneo en las zonas donde el suelo había sido acondicionado, lo que puede traducirse en una mayor estabilidad productiva a lo largo del ciclo del cultivo".
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Incrementos de rendimiento en distintos cultivos
Las pruebas realizadas en otros sistemas productivos muestran tendencias similares. En ensayos realizados en México en cultivos de invernadero como calabacín y fresa se observaron incrementos notables de producción.
"En el caso del calabacín, la aplicación de 10 kg/ha permitió aumentar el rendimiento total desde 3,23 t/ha en el control hasta 4,75 t/ha, lo que supone un incremento del 47%. En fresa, el rendimiento pasó de 10.289 kg/ha a 14.536 kg/ha, es decir, un 41% más, acompañado además por un aumento en el número de frutos por planta y en el peso medio del fruto".
También en cultivos extensivos se han observado resultados positivos. "En parcelas de maíz en campo abierto se registraron incrementos de rendimiento junto con mayores niveles de humedad en el suelo tratado, lo que sugiere que la mejora estructural puede influir tanto en la disponibilidad de agua como en el desarrollo del cultivo".
Ahorro de agua y fertilizantes
Otro aspecto relevante es la eficiencia en el uso de recursos. "En una prueba de campo realizada en cultivo de patata se registró un ahorro de agua del 15% durante las etapas iniciales del cultivo, junto con un incremento del 11,7% en la capacidad de campo del suelo tratado".
"Desde el punto de vista económico, el uso del acondicionador permitió además reducir el uso de fertilizantes con un ahorro estimado de 438,25 euros por hectárea, lo que apunta a una mejora en la eficiencia del sistema productivo".
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Aplicaciones en agricultura intensiva y en suelos ligeros
En muchos sistemas agrícolas intensivos, especialmente en suelos ligeros o arenosos, y la lixiviación de nutrientes representa uno de los principales problemas agronómicos.
"Cuando el suelo presenta una estructura deficiente, el agua puede desplazarse rápidamente hacia capas profundas arrastrando nitratos y otros nutrientes fuera de la zona radicular. La mejora de la estructura favorece una distribución más equilibrada del agua en el perfil del suelo y aumenta el tiempo de disponibilidad para las raíces, lo que permite que la planta absorba los nutrientes antes de que se pierdan por drenaje profundo".
Según la empresa, el producto actúa exclusivamente sobre las propiedades físicas del suelo y no sobre la planta. Las moléculas del polímero no penetran en el tejido vegetal debido a su tamaño, por lo que el efecto se produce únicamente en el entorno radicular.
"Otro escenario relevante son los cultivos intensivos de alto valor en invernadero, donde el equilibrio entre agua, oxígeno y nutrientes en la zona radicular resulta especialmente delicado. En estos sistemas, pequeñas mejoras en la estructura del suelo pueden tener un impacto directo en el desarrollo radicular y en la estabilidad del cultivo".
"En un presente marcado por el cambio climático y la creciente escasez de agua, disponer de suelos con mejores propiedades físicas puede convertirse en un factor clave para la resiliencia de los sistemas agrícolas".
El reto de volver a poner el suelo en el centro
En países con agricultura intensiva altamente tecnificada, como España, el interés por estas soluciones empieza a crecer. Sin embargo, durante muchos años la gestión del suelo ha quedado en segundo plano frente a herramientas agronómicas más inmediatas como la nutrición o la protección vegetal.
"La experiencia en campo está cambiando progresivamente esta percepción. A medida que los agricultores observan cómo pequeñas mejoras en la estructura del suelo influyen en el comportamiento del cultivo, el interés por este tipo de tecnologías aumenta".
"Cada vez hay más conciencia de que la estabilidad productiva a largo plazo depende en gran medida del estado físico y biológico del suelo. Al final, todo empieza y termina en el suelo. Cuando un agricultor consigue que su suelo vuelva a funcionar bien, muchas de las decisiones agronómicas que vienen después se vuelven más fáciles".
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