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Daños y estrategias de control de la mosca blanca en los invernaderos

La mosca blanca es una de las plagas más persistentes y problemáticas en los cultivos hortícolas protegidos, especialmente en invernaderos donde las condiciones ambientales favorecen su desarrollo continuo durante todo el año. Bajo este término se agrupan varias especies, entre las más relevantes se encuentran Bemisia tabaci y Trialeurodes vaporariorum. Se trata de pequeños insectos hemípteros de apenas 1-2 mm de longitud, con el cuerpo amarillento y las alas cubiertas por una fina secreción cerosa de aspecto blanquecino. En estado adulto, suelen localizarse en el envés de las hojas, donde permanecen la mayor parte del tiempo alimentándose y reproduciéndose. Sus huevos son diminutos, de forma ovalada y color inicialmente blanquecino, que se torna oscuro antes de la eclosión, y se disponen generalmente en círculos o en patrones irregulares.

© Misima | Dreamstime

La biología de la mosca blanca está estrechamente ligada a las condiciones de temperatura y humedad del invernadero, lo que explica su elevada capacidad de multiplicación en este tipo de sistemas. Su ciclo biológico comprende el huevo, cuatro estadios ninfales y el adulto. Tras la puesta, los huevos eclosionan en pocos días, dando lugar a una primera fase móvil que busca un lugar adecuado en la hoja para fijarse. A partir de ese momento, las ninfas permanecen inmóviles, alimentándose mediante la inserción de su estilete en los tejidos vegetales. Estas fases inmaduras son difíciles de detectar a simple vista, especialmente en estadios tempranos, lo que dificulta el control precoz de la plaga. El ciclo completo puede durar entre 2 y 4 semanas dependiendo de la temperatura, lo que permite la superposición de generaciones y la rápida acumulación de individuos.

En cuanto a los daños, la mosca blanca produce tanto efectos directos como indirectos sobre los cultivos hortícolas protegidos. Los daños directos derivan principalmente de su actividad alimenticia. Al succionar la savia, debilitan la planta, provocando clorosis, amarillamiento y reducción del crecimiento; haciéndola más susceptible a otras plagas y enfermedades. En infestaciones severas, pueden ocasionar defoliación y una disminución significativa de los rendimientos.

Los daños indirectos suelen ser incluso más relevantes desde el punto de vista económico. Uno de los principales es la producción de melaza, una sustancia azucarada excretada por las ninfas y los adultos, que se deposita sobre hojas y frutos. Esta melaza favorece el desarrollo de hongos saprófitos como la negrilla, que forma una capa negra sobre la superficie vegetal. Aunque este hongo no infecta directamente los tejidos, reduce la fotosíntesis al bloquear la luz y deteriora la calidad comercial del producto, especialmente en cultivos como el tomate, el pimiento o el pepino. Otro aspecto crítico es la capacidad de la mosca blanca para actuar como vector de virus, como el virus del rizado amarillo del tomate (TYLCV), el virus de las venas amarillas del pepino (CVYV), el virus de Nueva Delhi (ToLCNDV), y el virus de la infección clorótica del tomate (TICV), entre otros. Esta transmisión viral es especialmente preocupante porque una vez que la planta está infectada, no existe tratamiento curativo.

Desde la perspectiva de la Gestión Integrada de Plagas (GIP), el control de la mosca blanca requiere un enfoque multifactorial que combine medidas preventivas, culturales, biológicas y, en última instancia, químicas de forma racional. En primer lugar, la prevención es clave. El uso de mallas anti-insectos en las ventanas del invernadero ayuda a reducir la entrada de adultos desde el exterior. Asimismo, es fundamental mantener una buena higiene del cultivo, eliminando restos vegetales y malas hierbas que puedan actuar como reservorio de la plaga. El monitoreo continuo es otro pilar fundamental. Para ello, se utilizan trampas cromáticas adhesivas de color amarillo, que atraen a los adultos y permiten evaluar la evolución de la población. Este seguimiento facilita la toma de decisiones en el momento adecuado, evitando intervenciones tardías o innecesarias.

El control biológico es una de las herramientas más eficaces y sostenibles en invernadero. Entre los enemigos naturales más utilizados destacan los parasitoides del género Encarsia y Eretmocerus, que depositan sus huevos en el interior de las ninfas de mosca blanca, provocando su muerte. También son importantes los depredadores como Macrolophus sp o Nesidiocoris tenuis, que se alimentan tanto de huevos como de ninfas. La introducción de estos organismos beneficiosos debe realizarse de forma planificada, teniendo en cuenta la dinámica de la plaga y las condiciones ambientales.

Otros depredadores asociados a esta plaga son los coleópteros Delphastus pusillus, Clitostethus arcuatus, Serangium cinctum, entre otros; los dípteros Coenosia atenuata, Drapetis ghesquieri, Syrphus sp., Acletoxenus sp., entre otros; y los neurópteros Chrysoperla carnea, a los que se suman otros. Algunos hongos entomopatógenos como Beauveria bassiana y Verticillium lecani también ejercen un control sobre mosca blanca.

Las prácticas culturales también juegan un papel relevante. La gestión adecuada del riego y la fertilización puede evitar el exceso de vigor en las plantas, que suele favorecer la proliferación de la mosca blanca. Asimismo, la eliminación de hojas inferiores muy infestadas puede ayudar a reducir la presión de la plaga. La rotación de cultivos y el uso de variedades resistentes o tolerantes, cuando están disponibles, también contribuyen al manejo integrado.

En cuanto al control químico, debe considerarse como último recurso dentro de la GIP. El uso indiscriminado de insecticidas ha llevado al desarrollo de resistencias en muchas poblaciones de mosca blanca, especialmente en Bemisia tabaci. Por ello, es fundamental seleccionar siempre productos registrados y uso autorizados en el Registro de Productos Fitosanitarios del Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación para el cultivo, así como alternar materias activas con diferentes modos de acción y respetar las dosis y plazos de seguridad. Además, es imprescindible considerar la compatibilidad de estos tratamientos con los enemigos naturales para no comprometer el control biológico.

En resumen, la mosca blanca es una plaga muy adaptable y dañina, difícil de controlar por su rápida reproducción. Su manejo efectivo requiere combinar distintas estrategias, con énfasis en la prevención, el monitoreo continuo y el uso de métodos sostenibles que mantengan la plaga bajo control sin afectar el agroecosistema.

Fuente: www.juntadeandalucia.es

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